Una noche de cuento en el Castell Vell

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A Laia, de 8 años, no le apetecía mucho. No es muy de cuentacuentos y no iban sus amigos. Cuando su padre le dijo de ir al Castell Vell de excursión para que les contaran cuentos y cenar de pícnic, torció el morro. Otto, de 4, se presentó con su luminosa sonrisa de pillo. Se habían apuntado a Conte contat, una nueva iniciativa del Museu de la Ciutat de Castelló (MUCC) para realizar un recorrido a pie por el asentamiento de origen andalusí, desde el que los habitantes originarios de la ciudad se trasladaron al llano en 1251, guiado y ambientado por los narradores Felip Kervarec, Rosabel Canós (Contaclown) y Tània Muñoz.

El plan de una “Nit de contes al Castell Vell” empezaba, el pasado sábado 25 de mayo, en el Centro de Interpretación con una espléndida tarde de primavera y un grupo de unos 60 niños, niñas, madres y padres con toda la predisposición de pasarlo bien. Y algo de incertidumbre también, por la novedad de una actividad que se estrenaba para todxs y por su duración tratándose de público familiar: más de 2 horas.

Nit de contes al Castell Vell

Las dudas se disiparon desde la primera ronda de cuentos de Rosabel Canós, ese en el que la rana se convierte en moto y no en príncipe, Felip Kervarec, con la liebre zampa-huertas, y Tània Muñoz, en busca de gamusinos que sirven de amuletos. Actores curtidos en cientos de batallas que supieron pillarle el tono al poco de arrancar sus historias, mientras que los más pequeños se metieron en ellas ayudados por el entorno natural del Desert de les Palmes y con la silueta de las murallas de fondo, en lo alto del cerro. Laia ya sonreía sin prácticamente pestañear. Otto incluso tomaba la palabra para participar.

Un breve recorrido, todavía de día, y aparecieron en escena los personajes de la mitología castellonense, con los que los narradores supieron aliarse con mucho acierto. Felip Kervarec explicó que en la montaña justo detrás del Castell Vell nació Tombatossals, fruto del amor de Penyeta Roja y Tossal Gros, y niños y niñas empezaron a encontrar los primeros gamusinos en el camino, en forma de piedras de colores que iban guardando en un saquito que les dieron en la salida.

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Después de que un pollo sin brazo y sin pierna, trasunto de La Bella y la Bestia, protagonizara el segundo cuento de “princesas” de Rosabel Canós, la expedición llegaba a la ermita de la Magdalena. Allí la cosa tomó un cariz muy especial, por tratarse de un sitio que habitualmente recuerdas plagado de gente, campanadas, voces y petardos con motivo de la Romeria de les Canyes, convertido en esta ocasión en un refugio silencioso, con la luz tenue del final de la tarde y La Plana a los pies (salvo la interrupción de una periodista de À Punt que decidió entrevistar a un padre durante la narración de uno de los cuentos).

Tània Muñoz se metió literalmente en el bolsillo a todxs los presentes con una misteriosa historia ambientada en la misma ermita de la Magdalena, con una cabra montesa que engullía, uno a uno, a sus moradores. Se encendían las primeras linternas frontales y las miradas de los más pequeños hablaban por sí solas. Laia, a la que no le gustan nada los cuentos de miedo (aunque solo lleven una pizca), se acurrucaba con su madre. Otto, por momentos, cambiaba su permanente sonrisa por un semblante serio sin cerrar la boca.

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El sol se marchaba y llegaba el momento de cenar. Sobre el propio ermitorio de la Magdalena y las primeras luces de la ciudad al fondo. Después, la expedición enfilaba la subida al Castell Vell ya con linternas para abrirse camino en la oscuridad, con las montañas del Desert de les Palmes y de Borriol como si estuvieran silueteadas sobre un fondo azul eléctrico. Tan bonito que parecía de mentira. El mejor escenario posible para la última ronda de cuentos, todxs sentados en corro sobre las ruinas de la alcazaba, la parte más alta del castillo.

Allí, Felip Kervarec narró los sueños de una mujer muy pequeñita que parecía deambular por los angostos callejones del castillo y Tània Muñoz, con su destreza para modular la voz y atraer la atención de niños y niñas, hizo ver a los gigantes del cuento de Tombatossals tumbados en el horizonte con formas de montañas. Grandes y pequeños buscaron una estrella en el cielo y pidieron un deseo como colofón a una tarde-noche, efectivamente, de cuento. Descendiendo por la albacara, como sorpresa final, se estrenó la iluminación del Castell Vell, para hacerse más visible de noche a partir de ahora.

Al terminar, Otto, incansable, correteaba contento con ganas de más aventuras y a Laia, a quien le encantó la forma de explicar los cuentos de Rosabel Canós, definitivamente le había triunfado el plan: “Gracias por traerme, papá, aunque al principio te dijera que no”.

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El MUCC ofrece para este verano dos programas de actividades familiares en el Castell Vell, El castell contat y Un estiu al Castell Vell, para niñxs a partir de 5 años, con pases en valenciano y castellano y entrada libre y -atención porque están muy concurridos- inscripción previa. De momento, las que están previstas serán diurnas aunque, tras el éxito de la excursión nocturna, es probable que la Concejalía de Cultura decida repetir la experiencia. Quizás quede algún gamusino perdido en el camino.

_fotos por Carme Ripollès y Ángel Sánchez (ACF).

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